4 de diciembre de 2010

¡Qué grandes percusionistas se ha perdido el mundo de la música!

Si pensáis que esta entrada va sobre grandes como Shaun Crahan y demás, estáis muy equivocados. Para empezar porque no tengo ni idea de música y el nombre que he puesto es uno de los primeros que he googleado. Simplemente tengo la necesidad de contar lo que llevo observando y sufriendo en muchos sitios y en muchos ocasiones.
Ayer salí a cenar al asiático de moda en Valencia. Es un sitio al que últimamente estoy yendo bastante porque está céntrico y se come muy muy bien. Así que después de sobrellevar todo un día tras haber dormido sólo tres horas interrumpidas por los ladridos de mi perro, me apetecía relajarme, irme a comer sashimi y pasear. Allí que fuímos. La camarera, como si de una ruleta rusa se tratara, seleccionó una mesa al azar. "En esta misma". Perfecto. Con las mesas que hay sin nadie cerca, nos acomoda al lado de una mesa con una chica de risa suelta y tinte a lo "Isla de los famosos", es decir, con una raya de tres meses. Y con dos chicos con todo el despliegue de pelajes para ligar puesto: risas formazas, temas de conversación banal y mucho vino... ¡Fantástico! Si algún día me pierdo, con estos no me encontráis, ya os lo digo.
Mientras intentaba explicarle a mi pareja el funcionamiento de la carta, este grupo tan de viernes por la noche estaba inquieto, se ve. Así que con los palillos, que por supuesto no sabían usasr, empezaron a hacer percusión en la mesa. La cosa fue creciendo y continuaron con las copas de vino, la botella, la silla, la mesa... Todo ello amenizado con sus sutiles risas. Todo este ambiente me impedia pensar y casi pido pan con wasabi, directamente.
¡Qué les traigan ya la comida, por favor! A ver si así... Y efectivamente, así fue. Se calmaron. Pero para entonces ya había llegado una pareja a la otra mesa y no sé si es por el frío o que, pero el chico según se sentó, comenzó con los palillos a dar ritmo al restaurante. ¡Por favor! ¡Cuántos percusionistas se ha perdido el mundo! Yo casi me levanto y le digo: "Mira qué bien y yo quería escuchar el tambor por... ah no, ¡que no quería!"
Al final llegó la comida a todas las mesas y los espíritus inquietos se tranquilizaron... Ay, qué lástima.
(También puedes leer esta entrada en el Diario Levante EMV)

2 comentarios:

  1. Menos mal que no habia un niño con un tambor de hojalata!

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