25 de abril de 2011

Hotel, dulce hotel

Cuando estudiaba en la universidad y viajaba, me acuerdo que sentía envidia de aquellas personas que andaban ajetreadas de lado a lado del aeropuerto, con sus móviles y maletines, frenando taxis levantando la mano como si tuvieran un resorte en la axila. Pero he oído cosas, he oído historias, que me han hecho comprender que yo no podía ser una de ellas...
No se trata de viajar una vez al mes o en un período determinado porque hay mucho trabajo o algo así. No. Se trata de gente que todos los días laborables viaja, se sube a más de diez aviones a la semana, veinticinco taxis y cinco trenes. Saluda a cien personas que no ha visto en su vida, se reúne alrededor de diecisiete mesas de trabajo y se toma treinta y ocho cafés en esperas y retrasos.
Un trabajo duro, lejos de casa, que a veces hace que la persona en cuestión se desoriente y pierda la visión global.
Tanto viajar conlleva daños "colaterales". Logicamente esta gente duerme en hoteles, cada día o cada dos días se cambia de ciudad y, por lo tanto, de hotel. Si cuando nosotros, la gente que no viaja tanto, nos vamos de veraneo y nos despertamos de pronto, a veces no sabemos dónde estamos. Pues ellos, con más razón. Claro, ellos tienen que dormir seguros y confiados, como si estuvieran en su casa. Si no no descansarían bien.
Pues lo que me hizo saber que yo para ese mundo no serviría es que supe de un chico-señor (ya sabéis que así llamo yo a los hombres que ni son muy jóvenes ni muy mayores) pues eso, un chico-señor que suele dormir desnudo. Acababa de llegar a ese hotel ese mismo día así que empieza su rutina habitual: deshace la maleta, cuelga la ropa, saca el neceser, ducha y a la cama, desnudo claro. A mitad de la noche le entran ganas de ir al baño así que se levanta, abre la puerta, busca el interruptor de la luz, toca, toca, ahora necesita la luz porque se le ha cerrado la puerta tras de sí, y ¡se hizo la luz! Estaba en medio del pasillo del hotel. Desnudo y sin llaves... Se había equivocado de puerta. Si hubiera sido un concurso hubiera perdido el apartamento de Torrevieja. Como era la vida real, bajó a la recepción tapándose como podía el tema, para pedir otra llave. En fin, a la próxima que cierre con pestillo para no poder confundirse.
Pero ¿Y la cara del recepcionista? ¡Eso habría que verlo! Espero que no sea el mismo hotel de Santillana del Mar en el que un "desconocedor" de esta ciudad decidió bajar con bañador, chanclas y toalla al hombro, atravesar la recepción y dirigrse a la calle. "¿Dónde está la playa?" preguntó a uno que pasaba por allí, "Pues todo recto, a unos cincuenta o sesenta kilómetros..." Se dió la vuelta, volvió a atravesar el hall pensando que ya le podía haber avisado el recepcionista y se metió en la habitación a consultar Google Earth. Efectivamente, Santillana del Mar no tiene mar... ironías de la nomenclatura...

Puedes leer este post en el Diario Levante EMV

5 comentarios:

  1. Muy graciosa la historia. Al final viajar tanto te desorienta a tal nivel, que pueden pasar esas cosas.

    Por cierto, Santillana del Mar es el pueblo de las 3 mentiras: No tiene Santa, no es llana ni tiene mar.

    Nos leemos.

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  2. Es verdad Pedalier, también me contaron lo de las tres mentiras. Curioso...
    ¡Gracias!

    Nos leemos.

    Besos

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  3. Jajajaja, muy grande el post Clara, como siempre, enhorabuena!

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  4. Es el síndrmoe de: "Si hoy es jueves, esto es Bruselas". Para luego conocer aeropuertos, hoteles y despachos, pero de la ciudad, "ná de ná".
    -"Qué suerte tres días en París". Pues lo único visto es desde el avión al aterrizar y al despegar y como novedades, las personas nuevas que se incorporan a las reuniones... Ya lo dijo aquél; -"Cama mía, casa mía".
    Sigue así. Estupendos tus comentarios.

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  5. Todo cierto y acertado. Buenísimo y un gran humor, fundamental.

    Cuando estuve en Santillana del Mar iba informado, pero me podía haber pasado lo que el tipo de las chanclas... pobre
    :)

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